En ese momento, yo no lo sabía, pero el sonido que acababa de oír era el de mi negocio rompiéndose en mil y un pedacitos.
Dejadme que retroceda un poco en el tiempo.
Después de 3 días de trabajo agotador, por fin acababa de terminar un informe que tenía previsto ofrecer gratuitamente a los lectores de mi blog.
Eran 15 páginas del mejor material que había escrito en mucho tiempo, y lo estaba repasando una última vez para añadir un poco más de chispa aquí y allá.
Estaba tan concentrado aporreando el teclado que ni siquiera me di cuenta de que había empezado a llover. Cuando cayeron los primeros relámpagos, tampoco les presté mucha atención. Entonces, de repente, las luces perdieron intensidad durante un breve instante y la pantalla del ordenador se apagó completamente.
Fue difícil ignorar eso.
Tampoco es que me preocupara mucho en ese momento, pues recordaba que había ido guardando el trabajo frecuentemente, a medida que hacía progresos. “Como mucho, he perdido unos 5 minutos o así de correcciones que puedo repetir fácilmente de nuevo en caso de que sea necesario”, me dije a mí mismo.
Cuando volvió la luz, arranqué el ordenador y enseguida me dí cuenta de lo equivocado que estaba.
En realidad, sería más correcto decir: “Encendí el ordenador”, pues éste se negó en redondo a arrancar. Quise intentar con el “Modo Seguro”, pero no conseguí llegar tan lejos en el proceso de arranque.
Sentí como el alma se me caía a los pies. Al fin y al cabo, absolutamente todo mi negocio estaba metido en ese ordenador.
No quise detenerme a pensar en lo que aquello significaba. Cuando me tranquilicé un poco, llamé a la única persona que conozco que quizás podría hacer algo para arreglar el desaguisado: mi amigo Antonio.
Cuando Antonio llegó, echó un vistazo a mi oficina y, antes siquiera de intentar encender el ordenador, dijo:
-Juan, desde luego, tienes un verdadero problema aquí.
Antes de que pudiera preguntarle por qué, continuó:
-Bueno, vamos a ver si podemos arreglar primero el más urgente. ¿Qué demonios ha pasado?
No tuve fuerzas ni ganas para contestarle.
Se puso manos a la obra y, después de un rato de forcejeos, de alguna manera logró que el ordenador mostrara una pantalla que yo no había visto en mi vida. Hizo algunos cambios ahí, metió un CD en la unidad y reinició el ordenador. Lo que apareció entonces en el monitor no se parecía en nada a mi escritorio habitual.
-La buena noticia es que tu ordenador todavía funciona -dijo lacónico.
-¿Y la mala noticia? -pregunté con una voz temblorosa.
-Es posible que el disco duro esté frito. ¿Haces copias de seguridad regularmente?
-No -reconocí amargamente.
Arturo solamente movió la cabeza de un lado a otro y dijo:
-Entonces, comienza a rezar lo que sepas -mientras sacaba una extraña caja que había traído junto a su ordenador portátil.
Mientras él trabajaba, yo rezaba… Y sudaba. Y hacía un inventario mental de todas las cosas que tenía en ese disco duro… Y recé un poco más.
Fue entonces cuando sacó el disco duro de mi ordenador y lo enchufó a aquella caja. Conectó el conjunto a su ordenador y lo inició. Después de unos minutos de hacer cosas que yo no entendía por completo, me miró y me dijo:
-Vas a tener que rezar con un poco más de ganas.
La cabeza me empezó a dar vueltas. Pensé que iba a vomitar.
Unos minutos más tarde, Antonio dijo:
-Esto debería funcionar, pero va a llevar un rato. Vámonos a comer… Lo siento, tú invitas
En ese momento, apetito no era precisamente lo que tenía, pero salimos a comer de todos modos.
Durante la comida, Antonio me hizo algunas preguntas incómodas. La mayoría relacionadas con el tipo de seguro que tenía contratado para mi casa y oficina. También me preguntó si tenía alguna inversión para la jubilación. Me hizo sumar mentalmente el coste de todo ello y me formuló una pregunta más.
-Juan, ¿es un pasatiempo darle de comer a tu familia?
Indignado, respondí que, obviamente, no lo era.
-Vaya, pues ¿sabes una cosa? hoy has estado a punto de convencerme de todo lo contrario -ironizó Antonio.
Entonces, empezó a explicarme con todo detalle qué podría haber causado el problema con mi ordenador.
Básicamente, todo se reducía a fluctuaciones de electricidad, como las que la tormenta había causado o las bajadas de tensión que a menudo ocurren en verano.
Me dijo que esas variaciones en el flujo eléctrico tenían suficiente poder como para destruir cualquiera o todos los componentes de mi equipo, además de, por supuesto, toda la información que contuviera. Por si esto fuera poco, mencionó que un simple fallo del disco duro, por éste u otros motivos, podría borrar todos mis registros y todo mi trabajo.
Después me dijo algo que me sorprendió.
-Juan, es fácil reemplazar un ordenador. De hecho, cada vez son más baratos. Pero si esa subida de tensión hubiera borrado toda tu información sin que tuvieras copias de seguridad, tendrías una oportunidad entre seis de que tu negocio siguiera en marcha dentro de dos años.
Por la expresión de mi cara, se dio cuenta de que no le creía. O quizás no quería creerle.
-Sí, va en serio -dijo-. Aproximadamente el 85% de los negocios que sufren una pérdida catastrófica de información fracasan poco después. La mayoría muerden el polvo antes de dos años. Y casi toda las pérdidas graves de información son el resultado de problemas o fallos del disco duro, combinadas con la ausencia de copias de seguridad actualizadas.
Cuando terminó, dijo:
-Vamos, nos vamos de compras. Todavía tenemos mucho tiempo antes de saber si has tendido suerte o no.
Mientras caminábamos hacia mi coche, me preguntó de forma imprevista:
-Por cierto. Si perdieras tu negocio, ¿cómo ibas a poder pagar todos los seguros que tienes contratados para proteger a tu familia?
¡Ay! Eso me dolió. Antonio podía ser un auténtico dolor de muelas… Sabía que lo hacía para darme un escarmiento y que cobrara consciencia de lo delicado de la situación y de lo inconsciente que había sido, pero aún así, no podía evitar que sus comentarios me hirieran como afilados dardos lanzados contra mí.
Cuando llegamos a la tienda de ordenadores, Antonio cogió un carro… Entonces, me di cuenta de que no iba a ser una compra de 20 euros precisamente.
Hablamos un poco más sobre cosas triviales a medida que Antonio metía cosas en el carro. No era tanto como había pensado al principio. Una memoria USB, un paquete de DVD vírgenes y un disco duro externo. Todo eso cabe en la silla para niños del carrito de la compra. ¿Para qué el carro?
Cuando cogimos el último artículo, obtuve una respuesta contundente: esa cosa parecía pesar lo mismo que mi ordenador, una bala de cañón y la rueda de repuesto de mi coche juntos, todo metido en una caja de tamaño mediano. Nos acercamos hasta las cajas.
-Págale a esta mujer tan maja, Juan.
Algo más de 300 euros menos más tarde, la mayoría pagados por esa misteriosa monstruosidad que casi me parte la espalda al intentar moverla, nos dirigíamos a casa.
Cuando regresamos, Antonio miró su portátil y me dijo que aún teníamos algo de tiempo. Empezó a sacar las cosas que habíamos comprado y después desenchufó mi ordenador y el monitor. Mientras configuraba cada dispositivo, me dijo para qué servían. Empezó con el más grande.
-Esto -dijo- se llama Sistema de Alimentación Ininterrumpida, un SAI. Protege el ordenador y otros componentes contra las fluctuaciones eléctricas. Enchufa en él todas las cosas delicadas: el ordenador, el monitor, la unidad de disco duro externo y el ADSL. Si tu teléfono es de los que dejan de funcionar cuando se va la luz, quizá debieras enchufarlo aquí también.
»También sirve como batería de emergencia. Si se va la luz por completo, empezará a pitar. Desde que el pitido inicial, tienes de 30 a 90 minutos antes de que se agote completamente la batería y se apague todo, dependiendo de cuánta electricidad estés consumiendo. Mi consejo: tan pronto como este cacharro empiece a pitar, guarda tu trabajo y apágalo todo.
»El teléfono usa bastante menos electricidad que tu ordenador y monitor, así que durará más tiempo si es lo único enchufado a la batería. También puedes enchufar el cargador de tu móvil en caso de emergencia.
»Cuando consigamos arrancar tu ordenador, configuraré el SAI para que apague automáticamente el ordenador, para el caso en que se vaya la luz y tú no estés en la oficina.
»Seguramente te hubiera bastado con uno SAI más barato, pero ¿para qué arriesgarse? Con este, tienes el mejor que te puedes permitir. Las unidades más pequeñas están bien, pero no duran tanto ni te ofrecen la misma protección. Lo último que querrías es confiar en uno de esos enchufes que dicen ser protectores contra sobretensiones y que, en realidad, son casi lo mismo que no usar nada en absoluto.
»Esto te ayudará a proteger el ordenador y la información, las dos cosas.
»Sin embargo, no te fíes completamente. Un SAI no te protegerá de los fallos en el disco duro causados por virus o simplemente un error humano. No serías la primera persona inteligente que haya borrado completamente su ordenador de forma accidental.
Durante todo el tiempo que estuvo hablando, yo pensaba para mis adentros, “¿Todos estos problemas se podían haber evitado enchufando el ordenador a uno de esos chismes?” Así que se lo pregunté.
-Sí. Es más, teniendo en cuenta lo pequeña que fue la fluctuación que, en tu caso, causó el problema, te hubiera bastado con una de esas unidades de 49 euros.
Otra vez, ¡Ay!
-Te recomiendo que cambies ésta al menos cada dos años. Si puede ser cada año, mejor. Son mastodónticas, pero se estropean pronto.
Mientras pensaba en mi propia estupidez por no preocuparme de todo esto cuando compré el ordenador, mi amigo comenzó a configurar el disco duro externo.
-Esto -dijo- es para hacer copias de seguridad regulares. Puedes hacerlas de dos maneras:
»En primer lugar, automáticamente, con el software que incluye para realizar copias a intervalos de tiempo programados.
En ese caso, la ventaja es que no tienes que pensar en ello. La desventaja es que significa que tienes que dejar la unidad de disco duro externa siempre enchufada y encendida. Mientras la mantengas conectada a uno de esos enchufes del SAI, no deberías tener ningún problema.
»La otra manera es hacer copias de seguridad manualmente. Eso es un poco más rollo, pero te permite desenchufar la unidad de disco duro externo totalmente cuando no estás haciendo copias de seguridad. Mantenlo conectado a uno de los enchufes protegidos del SAI cuando hagas las copias de seguridad y lo único que podrá estropear tu información es que se incendie la casa.
-Si eso ocurre, tienes cosas más importantes de las que preocuparte -rió Antonio.
-Yo hago mis copias de seguridad manualmente, pero tengo una rutina para estas cosas. Tú no ibas a recordarla, así que te recomiendo que uses el sistema automático. Te lo configuraré antes de marcharme.
-Vale, vale, tienes razón. No iba a acordarme… Pero ¿no podrías ser un poquito más diplomático?
Después, señaló el paquete de DVDs.
-Esos DVDs -dijo- son para mantener copias de seguridad en otro lugar. Tan pronto como consigamos que tu ordenador funcione de nuevo, vamos a hacer copias de seguridad de toda la información importante que contiene en esos DVDs, y los vas a guardar en algún sitio lejos de tu casa. Por ejemplo, con un amigo de confianza, en una caja fuerte… en cualquier sitio menos aquí.
»De ese modo, si se incendiara tu casa o pasara alguna otra desgracia que arruinara todo en tu oficina, como una gotera, un virus informático o un error humano, seguirías estando protegido.
»También voy a configurar aquí un cortafuegos y un antivirus. No hay garantías de que vayan a detener todas las amenazas con las que te encuentres, pero reducirán aún más los riesgos.
»La frecuencia con la que necesites copias de seguridad en DVD dependerá de cuánto cambia tu información y lo grave que resultaría perderla. Te recomiendo que lo hagas por lo menos dos veces al mes, preferiblemente una vez a la semana. Esto es para los datos muy importantes.
»Otra alternativa es comprar un segundo disco duro externo, como el que hemos comprado hoy, e intercambiarlos semanalmente. Guarda el que no está conectado en otro lugar.
-Vale, tendré que pensar en eso -respondí- .¿A qué sitio voy todas las semanas donde podría guardar el disco duro que no estoy usando? -razoné en voz alta.
-La memoria USB es para almacenar información a corto plazo y archivos muy importantes que cambian con frecuencia. Como ese informe del que me hablabas en el que estabas trabajando cuando se fastidió todo. Al final del día, copia tu trabajo a la memoria USB. Cuando hayas terminado la copia, desenchufa la memoria USB y déjala sobre el escritorio. Eso mantendrá a salvo todo tu trabajo entre una copia de seguridad y otra.
-¿Alguna pregunta?
Mientras Antonio volvía a su portátil para ver el progreso de lo que fuera que estaba haciendo con mi antiguo disco, pensé en lo que acababa de decir. Si todo esto no me acabara de ocurrir, hubiera pensado que era un paranoico desquiciado.
Pero ahora no lo pienso, desde luego. No quiero volver a tener que pasar por esto nunca más.
-Buenas noticias -dijo Antonio- Parece que tus rezos han sido escuchados. El disco duro no está frito. Solo habían desaparecido unos archivos que he podido recuperar. Vamos a enchufarlo a tu equipo para que puedas empezar a trabajar de nuevo.
Mientras lo hacía, y mientras hacíamos mis primeras copias de seguridad, seguía pensando en lo cerca que había estado del desastre absoluto, y en qué hubiera pasado si el disco duro se hubiera estropeado definitivamente, o si no hubiera tenido la suerte de tener un amigo que me lo arreglara.
Al fin y al cabo, no mucha gente conoce a alguien como Antonio.
En cierta manera, tengo una copia de seguridad de mi casa, en forma de seguro del hogar. También tengo una copia de seguridad de mis ingresos para mi familia, gracias al seguro médico y de vida. Pero, ¡si hasta tengo un coche de repuesto en el garaje!
Pensaba que era inteligente. Pensaba que estaba protegido y a salvo. Y, sin embargo, algo tan simple como una tormenta podría haber destruido el negocio del que proceden los ingresos para pagar todo eso.
“Aproximadamente el 85% de los negocios que sufren pérdidas de información catastróficas fracasan en dos años”, había dicho Antonio.
Y todo podía evitarse con unos 300 euros en hardware. O incluso con un SAI de 50 euros y unos DVDs vírgenes.
Estúpido, estúpido, estúpido. Pero nunca más me volverá a ocurrir. Lo prometo.
Y ahora, ¿dónde voy a guardar esas copias de seguridad remotas? Uhm. ¿Que tal en casa de mis padres?
Nota: Este artículo es una traducción y moderada reinterpretación de un texto en inglés con el que me tope casualmente, que ponía el énfasis en la necesidad de mantener copias de seguridad actualizadas para proteger nuestros negocios. Me pareció interesante y muy eficaz en su propósito, razón por la cual lo he traducido y lo comparto aquí. Lamentablemente, desconozco su autor original.