He sido usuario de Twitter durante algún tiempo, y simpatizo con muchos de los argumentos que sus seguidores esgrimen a su favor: es divertido, otorga un sentido de pertenencia a un grupo que resulta mentalmente muy saludable (especialmente para aquellos de nosotros que trabajamos por cuenta propia y aislados del resto), permite contactar con personas que tienen nuestros mismos intereses y establecer con ellas vínculos que hubieran sido muy difíciles, cuando no directamente imposibles, sin el concurso de Twitter, etcétera.
A pesar de ello, hace algunas semanas decidí dejar de utilizar Twitter para bien y para siempre, al menos del modo en que se supone que éste debe consumirse, que consiste en mantenerlo constantemente activo mientras progresamos a lo largo de nuestro día, informando con frecuencia sobre qué estamos haciendo y enterándonos al mismo tiempo de qué hacen los demás, como muchos hacen.
¿Por qué esta decisión?
Pues porque creo que Twitter tiene un efecto inmensamente dañino, que contrarresta por completo los beneficios que brinda: Es otra de esa cosas más que te vuelven un bobo improductivo y distraído, con una capacidad de concentración equivalente a la del pato Donald… en uno de sus peores días.
¡Y no estoy dispuesto!
Entre otras cosas, porque no me lo puedo permitir. Ni económica ni emocionalmente.
Como a la mayoría de trabajadores por cuenta propia, me preocupa el asunto de la productividad y le brindo tanta atención como a un dolor de muelas.
Al igual que muchos otros en mi situación, he aprendido a las duras que lo fácil, lo normal, lo que de manera natural nos ocurre indefectiblemente a quienes trabajamos a nuestro rollo si no le ponemos remedio es que perdemos el foco por completo, nos disipamos, nos pasamos el día apagando incendios de poca monta y corriendo de un lado a otro sin un propósito bien definido y sin saber bien por qué ni para qué, como un pollo al que le hubieran cortado la cabeza.
Cuando esto sucede, al final del día descubres, con un nudo en el estómago y una sensación de malestar emocional que lamentablemente te resulta familiar, que éste ha sido otro de esos días fallidos en lo que no has hecho nada que realmente merezca la pena ni que puedas mostrar con orgullo a los demás ni que vaya a contribuir a que, al final del mes, puedas pagar tus facturas.
La culpa de esta desdicha la tienen todas esas distracciones que compiten encarnizadamente por tu atención, todo el tiempo: la web, el e-mail, la mensajería instantánea, el teléfono móvil, el cartero que te llama al timbre (porque sabe que siempre estás) para que le abras la puerta del portal, aunque hace meses que a ti no te trae ni una maldita carta… y, como no, Twitter.
Twitter y su molesto hábito de interrumpirte sin cesar es un enorme obstáculo que se interpone en el camino que va desde donde te encuentras en este momento hasta donde quieres llegar en el futuro.
Un obstáculo grande y poderoso. Algo como, digamos, un pulpo feo y gigantesco de 400 tentáculos, 750 Kg y 1230 dientes, que te ataca de forma hiperactiva y sin descanso, que es la primera imagen que a mí se me viene a la cabeza, por alguna razón que no sabría explicar.

Afortunadamente, es también muy vulnerable y sólo lo hace si tú se lo permites, pues viene con un interruptor de apagado en la frente, que hace que inmediatamente se desmorone sobre sí mismo al accionarlo, convirtiéndose en un amasijo inofensivo de babas repugnantes y tentáculos escurridizos.
Sí, al desconectarlo, dejarás de enterarte de que fulanito está reuinido con sus socios, a los que tú no conoces, para tratar un tema que ignoras y que, sobre todo, tendrá cero consecuencias en tu vida.
No te enterarás de que menganito está a punto de recoger su maleta en la T4.
Tampoco de que sotanito, en uno de cuyos proyectos hiciste un cameo como desarrollador web cuando los gifs animados estaban de moda, se está haciendo un café a 10.000 km de distancia.
Créeme, pronto te acostumbrarás a vivir sin toda esta fascinante información asaltándote, como me he acostumbrado yo, y tal y como todos hacíamos antes de que Twitter entrara en nuestras vidas.
Cuando lo hayas conseguido, invierte el tiempo recuperado y, sobre todo, tu mejorada capacidad de concentración en actividades y proyectos que tengan un impacto positivo en tu vida:
Acaba esa web en la que has estado trabajando últimamente. Concluye ese informe que llevas tiempo redactando o, simplemente, queda con un amigo para que te cuente -como se hacía antes de que nadie tuviera ni la más remota idea de que era un tweet o un follower: en una cafetería y con un buen café entre las manos- cómo le va la vida.
Sí, a pesar de todo, no logras hacerte a la idea de perder definitivamente el contacto con los nuevos amigos que has hecho a través de Tweeter, haz lo siguiente: ábrelo una vez a la semana, dedica 15 minutos a leer todas esas cosas asombrosas que tus contactos han hecho durante los últimos 7 días y después ciérralo sin titubeos.
Si tratas a Twitter con la debida falta de respeto que se merece, conseguirás acabar más tareas importantes, sacarás más partido a tu vida y te sentirás mejor.
A mí me parecen razones suficientemente poderosas como para proclamar un sonoro:
¡Al infierno con Tweeter!
¿Qué opinas tú?
Envía un comentario y házmelo saber.
{ 1 trackback }
{ 3 comments… read them below or Añadir un comentario }
No entiendo el interés en Twitter. Siempre me ha parecido tal como lo describes. Una pérdida de tiempo. No me interesan los detalles superficiales de los demás. Es parte de la cultura de populizar la fama. Como en Facebook, todos dejan mensajes de detallitas idiotas, sin razón! No me importa que estás esperando un programa de television, o comiendo un sanwich.
Estando de acuerdo con la mayoría de tus argumentos, creo que Twitter no tiene por qué ser una pérdida de tiempo necesariamente. Como todo en la red, no es más que una herramienta. Tú decides cómo la usas.
Si utilizas Twitter inadecuadamente, es muy probable que te cree adicción, porque ha demostrado ser un instrumento comunicativo muy poderoso, con todos sus pros y sus contras. Es como el que empieza fumando un pitillo de vez en cuando y, cuando se quiere dar cuenta, es un adicto del tabaco. La diferencia es que el tabaco te perjudica y no te reporta ningún beneficio (excepto el supuesto placer del momento en que lo usas). Twitter SÍ puede reportarte enormes beneficios, si encauzas bien su potencial.
Así pues, volvemos a lo de siempre: aboguemos por un uso racional, inteligente, dosificado y adecuado de las nuevas tecnologías (redes sociales, teléfono móvil, dispositivos wi-fi o 3G…) antes de “demonizarlos”. La mayor parte de las veces, proyectamos sobre estos “inventos diabólicos” nuestras propias culpas.
Y no digo que sea fácil adaptarse a estas nuevas formas de comunicarse, o que ello no tenga un precio, pero sí es posible terminar sacándoles mucho provecho.
Al menos, eso creo… e intento
Un saludo.
Manuel Á. García.
Un aspecto importante que olvidé mencionar en el comentario anterior es que, en mi caso, no empecé a usar Twitter para informar a los demás de lo que hago o dejo de hacer, adónde voy o de dónde vengo. De hecho, uso mucho Twitter y jamás para eso.
Para mí, tiene más sentido intercambiar conocimientos con otros usuarios sobre lo que buscas en cada momento o aquello que necesistes saber, aprovechando lo que ellos puedan aportarte y a su vez ayudándoles desinteresadamente. Para mí, eso es la web 2.0 y el uso social y colaborativo de internet. Cuando lo pones en práctica, descubres que es sorprendente. Casi casi, es como hacer tus sueños realidad en cuestión de segundos. Y eso sí es eficacia y todo lo contrario a una pérdida de productividad. Si la red, y en este caso Twitter, nos permiten lograr eso, ¿por qué desaprovecharlo?
Y el que pierda su maleta en la T4, que la busque o la reclame… porque poco podré hacer yo por él en ese caso. Pero hay casos en los que sí puedo hacer mucho, y habitualmente lo hago, y otros se comportan de igual forma conmigo. En ese sentido, Twitter ha creado una sociedad más cívica. Esperemos que dure.
De nuevo, un saludo y gracias por este “productivo” post en el blog, Pedro.
Manuel Á. García.