La fe es un concepto muy religioso que suena algo extraño en boca de quien no lo es. Sin embargo, creo que para completar con éxito un proyecto complejo, cuando se realiza para uno mismo y no para un tercero, es esencial tener fe. Y mejor ciega e inquebrantable antes que comedida y tibia.
Fe en la recompensa.
Estoy hablando de creer firmemente que si eres capaz de completar el proyecto que llevas entre manos, y que ahora se encuentra en un desmoralizador y caótico estado de desarrollo intermedio, obtendrás una recompensa que justifique el gran esfuerzo realizado y te permita continuar avanzando.
Esta clase de fe es innecesaria cuando trabajas en un proyecto para un tercero, pues la compensación es conocida y se pacta de antemano con el cliente: yo completo el proyecto, tú me pagas X.
Sin embargo, cuando tu cliente eres tú, ese acuerdo es inexistente. La recompensa es una completa incertidumbre que no se cuantifica ni se garantiza de antemano. Un enorme interrogante detrás de un poco apetecible “Si todo sale bien…”
Por eso, hace falta tener fe en que si el proyecto se completa, la recompensa invariablemente llegará, pues ésta es la energía que hace que te abras paso a través de la maleza de los miedos y las vacilaciones. De lo contrario, las dificultades que inevitablemente encontrarás fácilmente te harán abandonar.
Hoy he tenido que recordármelo, desde la jungla de un proyecto propio en el que trabajo hace demasiado tiempo ya.
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