El miedo es la emoción humana más injustamente denostada e infravalorada de todas las que a lo largo de nuestra vida experimentamos.
Desde pequeños, se nos inculca que debemos eludirlo como a un enjambre de avispas enfurecidas. Se nos alienta a apartarnos de su camino, a ningunearlo sistemáticamente, a no nombrarlo por no invocarlo, a mirar hacia otro lado cuando lo vemos venir.
No debería ser así.

El esfuerzo que inútilmente se disipa intentándonos convertir en personas sin miedo, daría un rédito incomparablemente mayor si se invirtiera en enseñarnos a gestionarlo adecuadamente y a utilizarlo como combustible para alcanzar nuestras metas, como gasolina que nos impulsa a la acción, en lugar de como lastre que nos inmoviliza y aparta de ellas.
El miedo es el plutonio de las emociones humanas y, al igual que éste, encierra en su interior una enorme energía al alcance de quienes saben desatarla.
Personalmente, soy plenamente consciente de que los logros más notables de mi vida, pequeños o grandes, los he alcanzado cuando ésta me ha puesto contra las cuerdas, cuando estaba pasándolo mal, cuando el miedo corría salvaje y desbocado por mis venas.
Nunca he hecho nada que merezca verdaderamente la pena sin miedo en el cuerpo. Jamás.
Si aún soy capaz de hacer algo destacable cuando las cosas me van bien, cuando todo está en calma, es sólo porque constante y premeditadamente siembro en mí el miedo a que todo cambie de repente, el miedo a que, en un instante, el viento empiece a soplar en otra dirección y la cosa se ponga fea.
El temor al cambio repentino y catastrófico, y el deseo de estar tan preparado para hacerle frente como me resulte posible, son, y han sido siempre, los verdaderos motores que impulsan mi vida.
¿Crees que vivo acojonado?
Tienes razón. Estás en lo cierto. Es exactamente así como me siento: asustado. Pero es un pavor del que se desprende energía y acción, no parálisis.
Vivo con el miedo permanentemente metido en el cuerpo, pero no dejo que eso me haga sentir mal o, al menos, no tan mal como para que se me quiten las ganas de ponerme en movimiento.
Alguien dijo que la verdadera valentía consiste en tener miedo y hacerlo igualmente. Sucede que estoy totalmente de acuerdo.
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