¿Secretos? Yo no tengo secretos. Sólo se trata de trabajo duro, sentido común y bla-bla-blá.
Estoy seguro de que también tú has escuchado alguna vez ese razonamiento. Probablemente, de boca de alguien a quien se le ha pedido que enumere los secretos de su éxito, así en frío y a bocajarro.
Escúchame con atención: No le creas. Miente. Como un bellaco.
Cualquier persona que alcanza el éxito en una determinada faceta de su vida los tiene. Tanto más cuanto mayor sea la distancia que le separe de sus perseguidores.
Métetelo en la cabeza: quien tiene éxito, tiene secretos.
De acuerdo, es una generalización, pero tan acertada y válida como puede llegar a serlo.
Tal vez se trate de una estrategia que le permite desarrollar productos por tan sólo una fracción del coste y tiempo que deben invertir sus competidores.
O de una táctica poco convencional para alcanzar posiciones privilegiadas en los buscadores de Internet.
O de un contacto comercial con una fábrica en China, que abastece a su empresa de productos de calidad excepcional por la mitad de lo que costaría producirlos en el mercado local en el que opera.
O de tener en nómina a un trabajador inteligente como el demonio, que tiene y pone en funcionamiento ideas increíbles que a nadie más se le ocurren.
O quizás haya aprovechado el temprano descubrimiento de un nicho de mercado en ebullición, pero insuficientemente atendido, para conquistar en él una ventajosa posición dominante.
Lo mires por donde lo mires, todas estas cosas son secretos. La prueba está en que quienes los usufructúan defienden con uñas y dientes su confidencialidad, poniendo mucho empeño en evitar que trasciendan y acaben convertidos en información de dominio público.
Lo hacen porque, si todo el mundo los conociera y aplicara, las ventajas competitivas que aportan, sobre las que ellos han edificado sus rentables negocios, se verían pronto reducidas a escombros.
Ahora bien, un secreto no tiene por qué ser críptico y complejo para ser extraordinariamente valioso.
Es más, estoy convencido de que existe una correlación directa entre lo fácil que resulta comprender una determinada información privilegiada y su utilidad. En otras palabras, cuanto más fácil y rápidamente se asimila un secreto, más abundante y dulce es el néctar que de él puede extraerse.
Lo mismo ocurre por lo que respecta a su sencillez y a la probabilidad de que haya pasado desapercibido hasta el momento para la inmensa mayoría: están directa y estrechamente relacionadas.
En general, cuanto más aparentemente obvia sea una información, menos gente habrá exprimiéndola y sacando partido de ella. Paradójico, sí, pero así es como son las cosas, por esa tendencia funesta a priorizar lo complejo por encima de lo sencillo.
Para el que está siempre dispuesto a probar cosas nuevas, a salirse de su zona de confort y, sobre todo, a actuar sobre la nueva información que recibe, son excelentes noticias. Las mejores.
Al fin y al cabo, no importa cuántos lo saben, sino cuántos lo ponen en práctica.
Personalmente, me interesan mucho los secretos. Me obsesionan esas cosas que no sé, pero que sé que otros saben.
Por eso, dedico mucho esfuerzo a rastrearlos y convertirlos en nuevos conocimientos, y no me pasa por la cabeza el dejar de hacerlo.
Es rotundamente cierto que lo que no sabes puede hacerte daño. Hay que tratar de evitarlo.
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