Texpipe: transformaciones de texto como nunca antes las habías visto.

Cualquiera que lea con cierto interés el resto de artículos de la sección software de esta web, se dará cuenta de que hay un patrón que emerge de ellos con fuerza: el que define mi interés perenne por las aplicaciones que manipulan texto.

Todo empezó cuando PERL, y su remarcable habilidad para hacer sencillo algo que en realidad no lo es tanto: el tratamiento y manipulación de ficheros de texto, me permitieron montar un sitio web dedicado al shareware, que tuvo un éxito notable a finales de la década de los noventa y principios de este siglo (cuando hablo así me siento verdaderamente viejo).

Se llamaba SuperShareware.com, y estaba presidido por una simpática mascota con la apariencia de un fornido y siempre sonriente súper héroe, que llegó a ser casi universalmente reconocido (bueno, quizás exagero en su popularidad mediática, pero sólo un poco ¿eh?)

Super Shareware Man. El tipo que hizo posible un sueño:el mío.Aún recuerdo el día en que contraté aquel dominio, y el entusiasmo que despertó en mí saberme poseedor de una propiedad en Internet, aunque inicialmente estuviera totalmente vacía de contenido.

Al recordarlo, me doy perfecta cuenta de que los tiempos han cambiado: Hoy, al reservar un dominio, no siento nada particularmente emocionante, aunque también es cierto que en estos días registro dominios como churros, y eso ha despojado al proceso de toda la magia que en su día tuvo.

Lo más notable de aquella primera versión de la web SuperShareware.com es que no se apoyaba en ningún motor de base de datos. Consistía, meramente, en ficheros de texto delimitados por coma, a los que el servidor web accedía por medio del sistema de ficheros. Y lo hacía… ¡Cada vez que llegaba un visitante!

Suena a burrada, lo sé, de escalabilidad mejor ni hablamos, pero ¡funcionaba! Doy fe de que así era. Y hasta me atrevería a decir que funcionaba bien, pero también puede ser que esté distorsionando (y dulcificando) levemente mi recuerdo, que reconocidamente está ya un poco desteñido por el paso de los años.

La incorporación al directorio de software de nuevas aplicaciones, la notificación a sus programadores de que habían sido añadidas, las estadísticas de descarga, todo, absolutamente, consistía, de uno u otro modo, en manipular y alterar directamente ficheros de texto en el servidor, por medio de scripts en PERL. ¿Copia de seguridad? Sí, claro, por qué no. Me bajaba el fichero por FTP y listo. Gloriosamente simple.

Por suerte, el número de visitantes no paraba de crecer. Conscientes de ello, los desarrolladores se interesaron por la posibilidad de listar sus aplicaciones de forma destacada (léase por encima de sus competidores), a cambio de pagar una cuota mensual. Yo, avispado como estuve, les permití hacerlo. Pronto, el invento empezó a dar dinero, gracias a la venta de publicidad.

Era la primera vez que lo ganaba sin trabajar como asalariado al servicio de otros. Aquello me parecía genial. Mas tarde, afortunadamente, esa forma de vida, digamos alejada de los circuitos convencionales, sería la pauta que regiría mi vida, pero entonces yo aún no lo sabía.

Me sentía eufórico. Ganaba dinero con algo que había pensado, construido y promocionado yo sólo, enteramente. Estaba en la cima del mundo ¡Mira mamá, sin manos!

Con los primeros billetes que cobré, se consolidó definitivamente mi interés por el tratamiento de ficheros de texto. En mi cabeza, se grabó con cincel la asociación: manipulación de ficheros de texto= bueno.

A partir de entonces, probaba cualquier software que tuviera algo que ver con ello, aunque sólo fuera de forma tangencial… Aún hoy lo hago. ¿Un ejemplo? Claro: Hace tiempo que los editores de texto dejaron de entusiasmarme. Entre otras cosas, porque uso uno que hace todo lo que quiero y mucho más, del que hablaré otro día. Pero si me dices que el tuyo tiene soporte para búsquedas en REGEX, me paro, lo bajo y lo pruebo. Sin remisión.

Textpipe: Transformaciones de texto como nunca antes las habías vistoLas adicciones son difíciles de curar, o incurables. Por eso, cuando años atrás descubrí TextPipe Pro, pagué la licencia de uso y me convertí en usuario registrado en los quince minutos siguientes a descargar el programa.

Y es que TextPipe Pro es una verdadera virguería. Una de esas aplicaciones que permiten a su programador sacar pecho y alzar con orgullo la cabeza cada vez que habla de ella. El tipo de software que a cualquier programador le hubiera gustado desarrollar, pero no fue cualquiera, sino Simon Carter quien lo hizo, australiano para más señas. Nadie más.

¿Y qué hace exactamente?

En pocas palabras, permite a cualquiera con un mínimo de destreza en el manejo del ordenador, hacer transformaciones complejas en ficheros de texto, desde un entorno amigable que oculta totalmente la complejidad subyacente.

Piensa en un buscar y sustituir evolucionado, en el que hay predefinidas decenas de acciones frecuentes, tales como eliminar espacios, añadir números de línea, convertir tabuladores a espacios y, por supuesto, hacer sustituciones de texto basadas en patrones PERL, a las que puedes acceder desde un entorno de arrastrar y soltar. Ya te dije que pintaba bonito.

Con un poco de imaginación, no hay tarea de conversión de ficheros de texto que no pueda hacerse con el programa, generalmente en una fracción del tiempo que llevaría codificarla en PERL o en otro lenguaje de programación cualquiera.

Yo utilizo TextPipe a diario, o casi. Por ejemplo, este artículo, que inicialmente fue escrito como fichero de texto plano, acabó convertido, después de un doble clic en el icono de Textpipe que reside en la barra de tareas, en otro en formato HTML, con una cabecera apta para ser directamente importado por el gestor de contenidos que hace que esta web sea posible. Sencillo, rápido, fácil. Como debe ser.

Si transformar ficheros de texto forma parte de tus tareas diarias, hazte un favor a ti mismo y descárgate el software… Y luego acuérdate de que fui yo quien te lo recomendó.

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