El magnífico emulador

Era un tipo flaco, chupado, seco, casi escuálido, cuya edad incierta resultaba difícil de precisar, pero que, casi con total seguridad, no había cumplido aún los cuarenta. Lucía una magnífica y tupida barba, negra como una fosa, acompañada por una melena que, recogida con una goma, caía vertiginosa sobre su recta espalda. Cuando llegué, no me percaté de su existencia, absorto como estaba en mis propias ideas, ajeno a la abigarrada muchedumbre que pulula errante por las calles de Benidorm en esta época del año. Fueron las risas de quienes presenciaban su actuación las que, violentas, interrumpieron mis pensamientos y me obligaron a centrar mi atención sobre él. 

Al principio, pensé que se trataba simplemente de un borracho mas- que, bajo los efectos del alcohol- daba muestras de su patetismo más flagrante. Muchas veces antes había presenciado similares espectáculos calamitosos y, por ello, acepté como válido, y sin que mediara reflexión alguna, el dictamen de mi intuición. No tardé en comprobar que me había equivocado al confundir ebriedad y adocenamiento con plasticidad y talento. 

El magnífico emulador en plena representaciónAquel hombre no era un borracho, sino un artista que ejecutaba con encanto su cómico papel. La calle era su teatro. La gente sentada en la terraza del cercano bar el público para el que actuaba.

Su representación consistía en imitar con precisión a los peatones que transitaban por la acera. Se situaba al lado de aquél que había escogido y le acompañaba en su deambular por delante del bar, imitando cualquier acción que éste realizara. Tan pronto como llegaba allí donde el bar dejaba de serlo, seleccionaba un transeúnte que caminara en sentido opuesto y volvía sobre sus propios pasos, repitiendo la función una vez tras otra.

Su repertorio de ademanes y gestos era extenso, y la precisión y rapidez con que en cada momento seleccionaba los que conferían a su representación una mayor credibilidad, dignas de elogio. Si el caminar del transeúnte al que había decidido acompañar era de lenta candencia, limitaba inmediatamente su innata vivacidad, para adecuar el suyo al de éste. Si era rápido y ligero, le resultaba aún más sencillo, pues, en ese caso, estaba en total sincronía con su modo natural de caminar. 

Al finalizar la actuación, dedicó a su público un par de breves reverencias, dijo gracias en un par de ocasiones; primero en español, luego en inglés, y solicitó permiso para coger el cenicero de una mesa a la que se sentaba una pareja de jóvenes, que accedió entusiasmada a su petición.

Acto seguido, y cenicero en mano, pasó entre las mesas, solicitando, sin exigir en ningún momento, compensación económica por el buen rato que había hecho pasar. Fueron muchos los que depositaron monedas en el cenicero que portaba. Tanto es así que hubo de vaciar en sus bolsillos el contenido del mismo un par de veces para dejar espacio a las monedas que aún debía recibir.

Después, todo volvió a la normalidad, cesaron las risas y carcajadas, no hubo ya imitados ni imitadores, y yo me sentí afortunado de haber presenciado la función del magnífico emulador y haber participado de su merecido éxito.

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