Los vídeos de YouTube insertados en otras webs ahora muestran por defecto vídeos relacionados

Por Pedro Murillo, Friday, June 8, 2007 a las 08:32:06 AM

Tal y como anuncian en el blog de YouTube, ahora sus vídeos, cuando se insertan en otras webs, muestran por defecto vídeos relacionados.

Para ello, YouTube ha insertado en la parte inferior de su reproductor un selector que muestra cada vídeo como una imagen, en el contexto de una lista con scroll lateral muy “a lo Mac”.

Particularmente, encuentro la nueva característica molesta y confusa. Afortunadamente, se puede deshabilitar añadiendo el parámetro rel=0 a la dirección URL del vídeo que deseamos incluír en nuestra web.

Eso sí, no hubiera estado de más que hubieran avisado por anticipado antes de lanzar esta mejora, para que quienes no la vieran como tal (y me consta que somos muchos) la deshabilitaramos.

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Placer mecánico

Por Pedro Murillo, Thursday, June 7, 2007 a las 04:55:43 PM

Me ha costado más tiempo, esfuerzo y dinero del que inicialmente había previsto, pero finalmente lo he logrado. He retrocedido doce años en el tiempo… y no podría estar más satisfecho.

Al fin, hoy como entonces, escribo aporreando un teclado mecánico que es tan feo y ruidoso como confiable y placentero.

Echaba de menos esa distintiva sensación táctil que sólo un teclado mecánico es capaz de ofrecer, así como el inequívoco sonido “clic” que producen sus teclas cuando se presionan, que te hace creer que estás escribiendo al doble de la velocidad con la que realmente lo haces (a la manera del “escape libre” en las motos, supongo), y que ejerce sobre mí un extraño efecto tranquilizante, casi hipnótico, que encuentro delicioso.

Teclado mecánico CherryNo ha sido fácil. He tenido que rastrear con énfasis la web, pero finalmente he encontrado una tienda on-line en la que poder comprar un añejo teclado mecánico Cherry.

Después, como mi equipo está desprovisto de puerto PS2, he tenido que buscar un adaptador a USB, lo cual ha sido en sí mismo tan difícil como localizar el propio teclado.

Además, me he visto obligado a decirle adiós a mi Logitech inalámbrico de teclas estilizadas y de perfil bajo. ¡Bah¡, era sólo apariencia de todas formas. Eso, por no hablar de que el color beige rancio le “pega” al negro de los monitores como a un santo dos pistolas. ¿Sabes que te digo? Que me importa un pimiento. Ya no hay vuelta atrás. Aquí y ahora, lo confiable ha triunfado sobre lo bello. Voy a celebrarlo haciendo ruido mientras, de paso, escribo algo.

 

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Photosynth y Surface: dos tecnologías innovadoras… y de Microsoft

Por Pedro Murillo, Tuesday, June 5, 2007 a las 09:36:00 AM

Por una u otra razón, Innovación y Microsoft no son dos palabras que uno suela oír en la misma frase, en especial en boca de alguno de sus numerosos detractores, excepto en “Microsoft no produce innovación alguna”, u otra similar perteneciente al mismo orden, que todos hemos oído en alguna ocasión.

Sin embargo, los dos vídeos que se muestran a continuación demuestran elocuentemente lo contrario. El primero de ellos pertenece a la tecnología Microsoft Surface, que acaba de ser presentada y que se apoya con fuerza en el uso de una pantalla táctil para reinterpretar la ya curtida interacción humano-software, convirtiéndola en algo brillantemente intuitivo.

El segundo de los vídeos es una demostración de la tecnología photosynth que puede cambiar el modo en que buscamos y exploramos vastos conjuntos de fotografías.

No soy un acólito de Microsoft, pero cuando veo este tipo de cosas, no puedo negarles el mérito.

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Sobrecarga informativa

Por Pedro Murillo, Sunday, September 10, 2006 a las 08:28:10 AM

La permanente incitación a la dispersión, inherente a su diseño, es la característica más destructiva de Internet, y la que más detesto.

Admítelo, conoces la sensación tan bien como yo: necesitas un dato concreto para llevar a cabo tu trabajo, lanzas el navegador web, tecleas Google.com, introduces lo que sea que crees que mejor define aquello que te hace falta y pulsas sobre el botón inteligentemente etiquetado como “Buscar”.

0,18 segundos más tarde, tienes ante ti una página repleta de resultados que explorar. Confiando ciegamente en el tan idolatrado algoritmo de búsqueda de Google, pulsas sobre el primero de ellos. Fiasco. No es lo que buscabas. Ni rastro del dato que necesitas. Al menos, no en el contexto apropiado.

Pero, espera un momento, sucede que has entrado en un blog cuyo autor parece tener una interesante voz propia. Lees unos cuantos de sus artículos. Te gustan. Este tipo parece conocer realmente bien el tema del que habla – piensas. Para corroborarlo, sigues leyendo durante siete minutos más.

A su vez, los artículos contienen enlaces que llaman tu atención. La curiosidad te vence. Te mientes a ti mismo: esto es algo a lo que NECESITO echarle un vistazo más tarde. Botón derecho del ratón. Abrir en una nueva pestaña.

A causa de ello, ahora tienes cuatro de esas pestañas reclamando tu atención: la página de resultados de Google, la del blog en el que te encuentras y dos enlaces más que has decidido que quieres, ¡qué demonios!, que necesitas explorar.

Sólo entonces, recuerdas la razón inicial que te llevó a abrir el navegador, y en ese instante un ya familiar sentimiento de culpabilidad te asalta: Otra vez me estoy dispersando.

Cierras con enfado la pestaña que contenía el blog y vuelves a centrarte en la página de resultados de Google. El quinto enlace parece prometedor. Otra vez clic con el botón derecho del ratón; una vez más el ritual del Abrir en una nueva pestaña.

Ojeas por encima la nueva página, mientras haces scroll hacia abajo a toda velocidad. Tampoco aquí encuentras lo que quieres, pero un llamativo vídeo de YouTube.com te pide a gritos que lo veas. Le haces caso. Pulsas Play. Suma otros tres minutos.

Cuando el video acaba, cierras la pestaña que lo albergaba, y eso trae a primer plano uno de los dos enlaces que abriste mientras leías el blog. Ya ni te acordabas. Lo lees. ¡Uhm!, interesante. ¿Por qué no leer también el otro? Lo haces.
 
Veinticinco minutos más tarde, por fin has encontrado lo que andabas buscando. El octavo enlace de la página de resultados resultó ser el caballo ganador. Sin embargo, te sientes mal, frustrado, desenfocado, disperso. La sensación de que tu cabeza tiene tantos agujeros como un queso de Gruyere se apodera de ti. De repente, el pato Donald te parece un tipo con una capacidad de concentración admirable. Comparativamente, lo es.
 
Esto se tiene que acabar – te dices a ti mismo. Hoy no vuelvo a abrir el navegador.

Cuarenta y cinco minutos después, te hace falta otra bobada y vuelves a repetir todo el proceso de principio a fin.

¿Te resulta familiar?

Si la respuesta es sí, soy un doctor precoz; Ya tengo tu diagnóstico: sobrecarga informativa. Y tu cura: apaga el router.

Quizás te suene bucólico, pero mi mayor hallazgo en lo que va de año ha sido descubrir que, muchas más veces de las que creía, se puede ser más productivo con un bolígrafo y una libreta sentado en el banco de un parque, que delante de un ordenador.

El motivo de ello es que la información sólo puede fluir en dos sentidos que se excluyen mutuamente: hacia dentro de ti o hacia fuera. En otras palabras, mientras consumes información, no puedes producirla.

Todas las cosas buenas que ocurren en tu vida, al menos todas las que están bajo tu propio control y no dependen de la siempre esquiva suerte, son el resultado de la información que produces, la que fluye desde ti hacia el exterior: redactar un informe, crear un producto, escribir un artículo, son la clase de cosas que te hacen avanzar.

Lo que tiene de maravilloso el bolígrafo, la libreta y el parque es que constituyen un entorno que bloquea con mucha eficacia las distracciones habituales que te embisten ferozmente en un entorno de oficina convencional.

No hay teléfonos sonando, ni conexión a Internet, ni compañeros que interrumpan ni páginas web que contengan datos que crees necesitar.

En un entorno así, sólo hay dos cosas que puedas hacer: mirar a las musarañas o ponerte a producir información. No hay musarañas. Haces lo segundo.

Si padeces una sobrecarga informativa que quieres superar, tienes que someterte a una dieta de información y consumir sólo la estrictamente necesaria. No sé a ti, pero a mi me resulta mucho más sencillo hacer dieta cuando no hay un paquete de galletas Oreo con doble recubrimiento de chocolate esperándome en el armario de la cocina, que cuando sé que lo hay.

No estoy sugiriendo necesariamente que te vayas al parque a trabajar, pero sí que te zambullas en un entorno tan impermeable a las distracciones como seas capaz de encontrar. Tu cabeza y tu productividad te lo agradecerán.

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Si esto no hace que se te salten las lágrimas…

Por Pedro Murillo, Wednesday, March 29, 2006 a las 04:15:13 PM

… hay que cavar un agujero en el suelo y meterte dentro.

Échale un vistazo al vídeo de un verdadero héroe.

¿Crees que tienes problemas?… No los tienes.

¡Tienes oportunidades!

Bucea y encuentra a ese alguien especial aletargado en tu interior… Está ahí… ¡Déjalo salir! 

  • Entusiamo
  • Amor
  • Creatividad

… Son las emociones que liberan al genio que hay dentro de cada uno de nosotros.

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Chunks of time

Por Pedro Murillo, Thursday, March 16, 2006 a las 11:19:44 AM

Marko Vodopija. Croata.

Ésos son el nombre y la nacionalidad de la persona más abrumadoramente brillante con la que he tratado.

Nos conocimos a finales de 1999, quizás comienzos de 2000, gracias a SuperShareware.com

Marko envió su programa: TurboNavigator, un clon para Windows de Norton Commander (el programa más útil para MS-DOS jamás creado), junto con una pregunta y una dirección de correo electrónico a la que responder.

Casi inmediatamente contesté a su consulta, y él contraatacó enviándome otra pregunta más. Entonces, le pedí su número de ICQ y empezamos a conversar a través de mensajería instantánea.

Después de charlar con él durante diez minutos, me resultó evidente que era un tipo sobresaliente, así que le propuse algo:

Marko, hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de crear una aplicación de escritorio con la que administrar SuperShareware.com en menos tiempo y con mayor facilidad. ¿Te interesa el proyecto?

Como era de esperar, me hizo algunas preguntas para clarificar qué necesitaba exactamente, y  me interrogó acerca de cuánto estaba dispuesto a pagar por ello. Le dije un precio (nada desorbitado) y me lanzó un desafiante: ¿Puedo empezar ahora? Adelante – contesté.

Lo que sucedió a continuación me dejó con la boca tan abierta como cuando voy al dentista: al día siguiente,  Marko me mostró un prototipo de la aplicación en la que había implementado todas y cada una de las funciones que yo sólo había esbozado vagamente. Todas.

No me lo podía creer. Aquel tipo había puesto a funcionar, en menos de un día, una aplicación para la que yo había anticipado un mes de intenso trabajo.

No sólo eso, Marko había integrado en el programa las características que necesitaba, de un modo notablemente superior a como yo había propuesto inicialmente.

Había anticipado los problemas que inevitablemente hubieran surgido en caso de seguir mis recomendaciones al pie de la letra. Me había desoído deliberadamente. Se había saltado a la torera mis sugerencias y, al hacerlo, nos había evitado a los dos muchos dolores de cabeza.

Bien hecho, pensé.

No tardé en comprender que no había sido por casualidad. No había sido un golpe de suerte. Tuve oportunidad de poner a Marko a prueba en muchas otras ocasiones, y casi siempre me dejó con ojos de vaca viendo pasar el tren al contemplar su trabajo. Era realmente bueno.

Había dos cosas en él que le ponían una cabeza por delante del resto:

En primer lugar, la velocidad con la que resolvía problemas complejos, adoptando un enfoque sencillo. Rompecabezas que otros programadores tardaban días en esclarecer era,n frecuentemente para él, una cuestión de horas. A veces, minutos. Va en serio. Totalmente.

En segundo lugar, no necesitaba a penas guía. Simplemente le decías hasta dónde querías llegar y él se ponía a trabajar infatigable, sorteando por sí mismo los obstáculos que encontraba en el camino. Marko nunca hacia preguntas para las que pudiera encontrar una respuesta por sí mismo. Hacer preguntas tontas le aterraba tanto como la luz a una criatura de las profundidades abismales.

Otra gente con la que trabajé necesitaba un plan detalladísimo antes de ponerse manos a la obra. Querían saber exactamente qué hacer y cómo hacerlo. Exigían que se les cogiera de la mano, que se les entregara un mapa de carreteras que pormenorizara cada curva, cada bache en el camino. Eran, por encima de todo, seguidores de recetas.

Marko, sin embargo, era un chef que hacía las mínimas preguntas posibles, sólo cuando tenía perfecto sentido y era estrictamente necesario hacerlas.

Fascinado como estaba por su inusual productividad, intenté descifrar su secreto:

What is it, Marko? What makes you code faster and better than all the other programmers that I’ve known?

¿Su respuesta?

Un lacónico “Chunks of time, man”

Cuando le repliqué con un desconcertado “What do you mean?”, me contó que, dejando a un lado su incontestable dominio del lenguaje de programación con el que trabajaba (Delphi), y su experiencia conseguida sólo después de largos años de fanática dedicación a la programación, el secreto de su alta productividad era dividir su tiempo en bloques sin fisuras, rigurosamente impermeables a las distracciones.

Si tenía 30 minutos y decidía invertirlos en resolver un determinado problema, se aseguraba de que nada le interrumpiera durante ese tiempo. Y cuando digo nada, quiero decir NA-DA. Caía una bomba sobre su escritorio y Marko seguía pulsando teclas impasible. Estoy seguro.

Desconectaba el teléfono, cortaba su conexión a Internet, cerraba la puerta, se calzaba los auriculares y se ponía música tecno a toda pastilla para aislarse, no ya sólo de su familia, sino también de sí mismo y de otros pensamientos no vinculados directamente con aquello que pretendía resolver. Imagínate una cámara de aislamiento en un pabellón psiquiátrico. Por ahí va la cosa.

Me dijo que no me confundiera, que lo de la música a todo trapo no era algo accesorio, sino un ingrediente necesario, fundamental e ineludible en el ritual que le llevaba al éxtasis cognitivo. Sin música, no entraba en esa zona, bien conocida para los deportistas de élite, en la que el tiempo no existe. Sin música, no había fiesta. Así de simple.

Marko era un experto en concentrar de forma indivisa toda su energía y atención en el problema que tenía frente a sí (y sólo en ése). Eso le ponía un par de peldaños por encima del resto. Por eso, alcanzaba el descansillo de la escalera cuando los demás estaban aún dando los primeros pasos en la base de ésta. Era un rayo láser de precisión quirúrgica. Un maestro Zen del aquí y del ahora. Un ser temporalmente unidimensional, que vivía sólo en el instante presente, sin proyectarse hacia al pasado o hacia el futuro, los cuales no existían para él, al menos NO cuando trabajaba…

Tampoco cuando se iba de fiesta, como certifica el hecho de que, frecuentemente, desapareciera durante tres o cuatro días, a veces cinco, sin decir ni una sola palabra.

Al regresar, te contaba sin el menor atisbo de arrepentimiento, que había estado disfrutando de una fiesta Rave durante varios días y sus respectivas noches, con la misma fanática dedicación que ponía en su trabajo.

Así era Marko. Aborrecía la neutralidad y no permitía que ésta se alojara en su vida. Era todo o nada. Blanco o Negro. Sin excepción.

Desconozco dónde se encontrará Marko hoy en día. He intentado volver a contactar con él en numerosas ocasiones, pero nunca lo he conseguido. Ha desaparecido sin dejar rastro. Como en sus mejores tiempos.

Me lo imagino con igual facilidad trabajando como desarrollador estrella en alguna empresa de software de vanguardia, que drogado hasta las cejas en una fiesta que se prolonga durante días. Hablando de él, ambas hipótesis son igualmente probables.

Esté donde esté, siempre le recordaré con gran admiración y cariño. Era un tipo genial (espero que lo siga siendo) que me mostró hasta dónde es posible llegar odiando con pasión la dispersión y no sucumbiendo a los apócrifos cantos de sirena de la multitarea.

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Acto subversivo

Por Pedro Murillo, Thursday, March 16, 2006 a las 11:18:37 AM

Si no existiera otra tipografía más allá de la Times New Roman, yo no escribiría. No mancharía ninguna pantalla, no emborronaría papel alguno ni con una simple coma. ¡Que me caiga muerto de forma fulminante ahora mismo si falto a la verdad!

No me da la gana escribir en Times New Roman

Aquí sigo… ya sabes lo que eso significa: no mentía.

No me da la gana escribir en Times sólo porque algún pope iluminado de Microsoft haya decidido que debería hacerlo y, no voy a negarlo, me siento un poco revolucionario por ello.

Tal y como yo lo veo, garabatear papeles con un tipo de letra diferente al que Microsoft sugiere es el acto subversivo más notable que puedes cometer sentado frente a un ordenador sin meterte en líos, exceptuando que lo hagas frunciendo simultáneamente el ceño y con cara de cabreado, que siempre suma algunos puntos, claro.

¿Que no? Recapacita. ¿De qué otra forma puedes llevarle instantáneamente la contraria a millones de personas en todo el mundo, sin acabar con las manos esposadas a la espalda?

¿Se te ocurre algún otro modo de apartarte a mayor velocidad de un hábito dominante, subconscientemente alojado en millones de personas, algunas de las cuales hablan lenguas que ni siquiera sabías que existían?

¿Te viene a la cabeza algún otro modo de atentar con mayor severidad contra una costumbre mundialmente hegemónica, saliendo ileso de ello?

Pues ya está. Lo que yo decía: cualquiera que no use Times New Roman en sus escritos es un revolucionario actual. Es el Che reinventado. Yo, frecuentemente, elijo una Courier New para serlo, o una Tahoma,si no tengo el cuerpo para serifas, como me sucede con frecuencia últimamente.

Sin embargo, somos pocos quienes ninguneamos sistemáticamente a Times. Muy pocos. Cada vez menos. Una especie en extinción. Piensa en linces ibéricos y quebrantahuesos. Lo mismo.

News Roman, cuyo nombre de pila le sobreviene del hecho de haber sido originalmente diseñada para el periódico inglés The Times, lleva las de ganar. A estas alturas, mucho tendrían que cambiar las cosas para que fuera de otro modo.

La pereza consustancial al ser humano, que provoca que el simple hecho de cambiar la letrita por defecto del procesador de textos se convierta en un desafío alejandrino, no ayuda en esto lo más mínimo.

El terreno de juego está, por tanto, injustamente nivelado a favor de Times. Tiene la batalla prácticamente ganada, aunque no siempre fue así. Pista:Courier fue el estándar de facto en la hoy casi desaparecida industria de las máquinas de escribir. ¿Alguien las sigue usando?

Pero los tiempos de aquel dulce dominio incontestable de Courier han pasado a la historia, dando paso a una sórdida realidad actual bien diferente:

Hoy, en cualquier momento dado, hay en el mundo cientos de miles de personas redactando invitaciones de boda, testamentos, discursos, currículos y cartas de amor, utilizando la tipografía más manoseada desde la fraktur que Gutemberg empleara para su primera Biblia no manuscrita.

Está ocurriendo en este mismo instante:

En Croacia, el joven Borislav escribe, desde el despacho de su padre en la casa señorial que tienen en Zagreb, vestigio de un esplendor pasado que ahora se desvanece y que nunca volverá, el primer borrador de la primera carta que le dirige a una mujer. Es también la última… pero esto él aún no lo sabe.

Después de ésta, sólo escribirá, años más tarde, algunas otras a la compañía estatal de teléfonos para pedirles, repetidamente y en un tono crecientemente amenazante, que dejen de facturarle por el acceso telefónico a Internet que dio de baja cuando se pasó al ADSL muchos meses atrás… pero esto él aún no lo sabe.

En la que escribe hoy desde las 10:47 de la mañana (son las 12:36), le declara su encendido amor a Vesna, una chica que conoció veraneando en Sibenik el pasado Agosto y que, seis meses después (estamos en febrero) no se ha podido quitar de la cabeza.

Lo hace en el Word croata usando, como no, unaTimes New Roman de 12 puntos. Eso le perjudica. Probablemente, mucho más que estar ciegamente enamorado…. pero esto él aún no lo sabe ni lo sabrá jamás.

Y es que una Courier (por muyNew que fuera), una Tahoma, una Verdana, hasta una Arial si me apuras, nunca hubiera dejado que Borislav le dijera a Vesna las cosas que Times le deja decir, un tanto alegre y muy irresponsablemente.

Cualquiera de ellas le hubiera parado los pies a Borislav antes de que se hiciera daño, como la prudente madre que, consciente del peligro que se cierne sobre su retoño, le detiene justo antes de que se lance cuesta abajo a probar sus límites con el triciclo, evitando que se rompa la crisma contra una farola unos metros más abajo.

Todas y cada una de ellas le hubieran alertado de que aquello que estaba escribiendo suponía firmar su sentencia de muerte, en lo que respecta a ganarse el amor de Vesna. Le hubieran hecho recapacitar, le hubieran salvado.

Quizás hubieran reducido su tamaño hasta convertir el texto en una amalgama incomprensible de puntitos negros. Quizás unos caracteres se hubieran agregado a otros, o a palabras vecinas, minando el texto de embarazosas faltas de ortografía que Borislav no hubiera tenido valor de enviarle a su pretendida. De algún modo u otro, lo hubieran detenido.

Times New Roman, sin embargo, no le detiene. No le salva. Le condena. Y lo hace de la forma más cruel, espoleándole a que continúe escribiendo frases inútiles e ineficaces, que sabe con certeza que le harán sonrojar cuando, semanas, meses, años y décadas más tarde las relea.

Times New Roman es así, embustera, cruel, falaz, engañosa. Una supuesta amiga que eclipsa al peor de tus enemigos.

No voy a ponerte una pistola en la sien. La decisión es sólo tuya. Pero, sabiendo lo que ahora sabes, ¿serás capaz de abrir tu procesador de textos favorito y empezar a escribir sin revisar antes en qué tipografía lo estás haciendo?

Hazlo como veas, pero yo me lo pensaría.

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El magnífico emulador

Por Pedro Murillo, Thursday, March 16, 2006 a las 11:16:37 AM

Era un tipo flaco, chupado, seco, casi escuálido, cuya edad incierta resultaba difícil de precisar, pero que, casi con total seguridad, no había cumplido aún los cuarenta. Lucía una magnífica y tupida barba, negra como una fosa, acompañada por una melena que, recogida con una goma, caía vertiginosa sobre su recta espalda. Cuando llegué, no me percaté de su existencia, absorto como estaba en mis propias ideas, ajeno a la abigarrada muchedumbre que pulula errante por las calles de Benidorm en esta época del año. Fueron las risas de quienes presenciaban su actuación las que, violentas, interrumpieron mis pensamientos y me obligaron a centrar mi atención sobre él. 

Al principio, pensé que se trataba simplemente de un borracho mas- que, bajo los efectos del alcohol- daba muestras de su patetismo más flagrante. Muchas veces antes había presenciado similares espectáculos calamitosos y, por ello, acepté como válido, y sin que mediara reflexión alguna, el dictamen de mi intuición. No tardé en comprobar que me había equivocado al confundir ebriedad y adocenamiento con plasticidad y talento. 

El magnífico emulador en plena representaciónAquel hombre no era un borracho, sino un artista que ejecutaba con encanto su cómico papel. La calle era su teatro. La gente sentada en la terraza del cercano bar el público para el que actuaba.

Su representación consistía en imitar con precisión a los peatones que transitaban por la acera. Se situaba al lado de aquél que había escogido y le acompañaba en su deambular por delante del bar, imitando cualquier acción que éste realizara. Tan pronto como llegaba allí donde el bar dejaba de serlo, seleccionaba un transeúnte que caminara en sentido opuesto y volvía sobre sus propios pasos, repitiendo la función una vez tras otra.

Su repertorio de ademanes y gestos era extenso, y la precisión y rapidez con que en cada momento seleccionaba los que conferían a su representación una mayor credibilidad, dignas de elogio. Si el caminar del transeúnte al que había decidido acompañar era de lenta candencia, limitaba inmediatamente su innata vivacidad, para adecuar el suyo al de éste. Si era rápido y ligero, le resultaba aún más sencillo, pues, en ese caso, estaba en total sincronía con su modo natural de caminar. 

Al finalizar la actuación, dedicó a su público un par de breves reverencias, dijo gracias en un par de ocasiones; primero en español, luego en inglés, y solicitó permiso para coger el cenicero de una mesa a la que se sentaba una pareja de jóvenes, que accedió entusiasmada a su petición.

Acto seguido, y cenicero en mano, pasó entre las mesas, solicitando, sin exigir en ningún momento, compensación económica por el buen rato que había hecho pasar. Fueron muchos los que depositaron monedas en el cenicero que portaba. Tanto es así que hubo de vaciar en sus bolsillos el contenido del mismo un par de veces para dejar espacio a las monedas que aún debía recibir.

Después, todo volvió a la normalidad, cesaron las risas y carcajadas, no hubo ya imitados ni imitadores, y yo me sentí afortunado de haber presenciado la función del magnífico emulador y haber participado de su merecido éxito.

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