Marko Vodopija. Croata.
Ésos son el nombre y la nacionalidad de la persona más abrumadoramente brillante con la que he tratado.
Nos conocimos a finales de 1999, quizás comienzos de 2000, gracias a SuperShareware.com
Marko envió su programa: TurboNavigator, un clon para Windows de Norton Commander (el programa más útil para MS-DOS jamás creado), junto con una pregunta y una dirección de correo electrónico a la que responder.
Casi inmediatamente contesté a su consulta, y él contraatacó enviándome otra pregunta más. Entonces, le pedí su número de ICQ y empezamos a conversar a través de mensajería instantánea.
Después de charlar con él durante diez minutos, me resultó evidente que era un tipo sobresaliente, así que le propuse algo:
Marko, hace tiempo que me ronda por la cabeza la idea de crear una aplicación de escritorio con la que administrar SuperShareware.com en menos tiempo y con mayor facilidad. ¿Te interesa el proyecto?
Como era de esperar, me hizo algunas preguntas para clarificar qué necesitaba exactamente, y me interrogó acerca de cuánto estaba dispuesto a pagar por ello. Le dije un precio (nada desorbitado) y me lanzó un desafiante: ¿Puedo empezar ahora? Adelante – contesté.
Lo que sucedió a continuación me dejó con la boca tan abierta como cuando voy al dentista: al día siguiente, Marko me mostró un prototipo de la aplicación en la que había implementado todas y cada una de las funciones que yo sólo había esbozado vagamente. Todas.
No me lo podía creer. Aquel tipo había puesto a funcionar, en menos de un día, una aplicación para la que yo había anticipado un mes de intenso trabajo.
No sólo eso, Marko había integrado en el programa las características que necesitaba, de un modo notablemente superior a como yo había propuesto inicialmente.
Había anticipado los problemas que inevitablemente hubieran surgido en caso de seguir mis recomendaciones al pie de la letra. Me había desoído deliberadamente. Se había saltado a la torera mis sugerencias y, al hacerlo, nos había evitado a los dos muchos dolores de cabeza.
Bien hecho, pensé.
No tardé en comprender que no había sido por casualidad. No había sido un golpe de suerte. Tuve oportunidad de poner a Marko a prueba en muchas otras ocasiones, y casi siempre me dejó con ojos de vaca viendo pasar el tren al contemplar su trabajo. Era realmente bueno.
Había dos cosas en él que le ponían una cabeza por delante del resto:
En primer lugar, la velocidad con la que resolvía problemas complejos, adoptando un enfoque sencillo. Rompecabezas que otros programadores tardaban días en esclarecer era,n frecuentemente para él, una cuestión de horas. A veces, minutos. Va en serio. Totalmente.
En segundo lugar, no necesitaba a penas guía. Simplemente le decías hasta dónde querías llegar y él se ponía a trabajar infatigable, sorteando por sí mismo los obstáculos que encontraba en el camino. Marko nunca hacia preguntas para las que pudiera encontrar una respuesta por sí mismo. Hacer preguntas tontas le aterraba tanto como la luz a una criatura de las profundidades abismales.
Otra gente con la que trabajé necesitaba un plan detalladísimo antes de ponerse manos a la obra. Querían saber exactamente qué hacer y cómo hacerlo. Exigían que se les cogiera de la mano, que se les entregara un mapa de carreteras que pormenorizara cada curva, cada bache en el camino. Eran, por encima de todo, seguidores de recetas.
Marko, sin embargo, era un chef que hacía las mínimas preguntas posibles, sólo cuando tenía perfecto sentido y era estrictamente necesario hacerlas.
Fascinado como estaba por su inusual productividad, intenté descifrar su secreto:
What is it, Marko? What makes you code faster and better than all the other programmers that I’ve known?
¿Su respuesta?
Un lacónico “Chunks of time, man”
Cuando le repliqué con un desconcertado “What do you mean?”, me contó que, dejando a un lado su incontestable dominio del lenguaje de programación con el que trabajaba (Delphi), y su experiencia conseguida sólo después de largos años de fanática dedicación a la programación, el secreto de su alta productividad era dividir su tiempo en bloques sin fisuras, rigurosamente impermeables a las distracciones.
Si tenía 30 minutos y decidía invertirlos en resolver un determinado problema, se aseguraba de que nada le interrumpiera durante ese tiempo. Y cuando digo nada, quiero decir NA-DA. Caía una bomba sobre su escritorio y Marko seguía pulsando teclas impasible. Estoy seguro.
Desconectaba el teléfono, cortaba su conexión a Internet, cerraba la puerta, se calzaba los auriculares y se ponía música tecno a toda pastilla para aislarse, no ya sólo de su familia, sino también de sí mismo y de otros pensamientos no vinculados directamente con aquello que pretendía resolver. Imagínate una cámara de aislamiento en un pabellón psiquiátrico. Por ahí va la cosa.
Me dijo que no me confundiera, que lo de la música a todo trapo no era algo accesorio, sino un ingrediente necesario, fundamental e ineludible en el ritual que le llevaba al éxtasis cognitivo. Sin música, no entraba en esa zona, bien conocida para los deportistas de élite, en la que el tiempo no existe. Sin música, no había fiesta. Así de simple.
Marko era un experto en concentrar de forma indivisa toda su energía y atención en el problema que tenía frente a sí (y sólo en ése). Eso le ponía un par de peldaños por encima del resto. Por eso, alcanzaba el descansillo de la escalera cuando los demás estaban aún dando los primeros pasos en la base de ésta. Era un rayo láser de precisión quirúrgica. Un maestro Zen del aquí y del ahora. Un ser temporalmente unidimensional, que vivía sólo en el instante presente, sin proyectarse hacia al pasado o hacia el futuro, los cuales no existían para él, al menos NO cuando trabajaba…
Tampoco cuando se iba de fiesta, como certifica el hecho de que, frecuentemente, desapareciera durante tres o cuatro días, a veces cinco, sin decir ni una sola palabra.
Al regresar, te contaba sin el menor atisbo de arrepentimiento, que había estado disfrutando de una fiesta Rave durante varios días y sus respectivas noches, con la misma fanática dedicación que ponía en su trabajo.
Así era Marko. Aborrecía la neutralidad y no permitía que ésta se alojara en su vida. Era todo o nada. Blanco o Negro. Sin excepción.
Desconozco dónde se encontrará Marko hoy en día. He intentado volver a contactar con él en numerosas ocasiones, pero nunca lo he conseguido. Ha desaparecido sin dejar rastro. Como en sus mejores tiempos.
Me lo imagino con igual facilidad trabajando como desarrollador estrella en alguna empresa de software de vanguardia, que drogado hasta las cejas en una fiesta que se prolonga durante días. Hablando de él, ambas hipótesis son igualmente probables.
Esté donde esté, siempre le recordaré con gran admiración y cariño. Era un tipo genial (espero que lo siga siendo) que me mostró hasta dónde es posible llegar odiando con pasión la dispersión y no sucumbiendo a los apócrifos cantos de sirena de la multitarea.