Procedente del archivo mensual:

Septiembre 2006

Sobrecarga informativa

by admin on Septiembre 10, 2006

La permanente incitación a la dispersión, inherente a su diseño, es la característica más destructiva de Internet, y la que más detesto.

Admítelo, conoces la sensación tan bien como yo: necesitas un dato concreto para llevar a cabo tu trabajo, lanzas el navegador web, tecleas Google.com, introduces lo que sea que crees que mejor define aquello que te hace falta y pulsas sobre el botón inteligentemente etiquetado como “Buscar”.

0,18 segundos más tarde, tienes ante ti una página repleta de resultados que explorar. Confiando ciegamente en el tan idolatrado algoritmo de búsqueda de Google, pulsas sobre el primero de ellos. Fiasco. No es lo que buscabas. Ni rastro del dato que necesitas. Al menos, no en el contexto apropiado.

Pero, espera un momento, sucede que has entrado en un blog cuyo autor parece tener una interesante voz propia. Lees unos cuantos de sus artículos. Te gustan. Este tipo parece conocer realmente bien el tema del que habla – piensas. Para corroborarlo, sigues leyendo durante siete minutos más.

A su vez, los artículos contienen enlaces que llaman tu atención. La curiosidad te vence. Te mientes a ti mismo: esto es algo a lo que NECESITO echarle un vistazo más tarde. Botón derecho del ratón. Abrir en una nueva pestaña.

A causa de ello, ahora tienes cuatro de esas pestañas reclamando tu atención: la página de resultados de Google, la del blog en el que te encuentras y dos enlaces más que has decidido que quieres, ¡qué demonios!, que necesitas explorar.

Sólo entonces, recuerdas la razón inicial que te llevó a abrir el navegador, y en ese instante un ya familiar sentimiento de culpabilidad te asalta: Otra vez me estoy dispersando.

Cierras con enfado la pestaña que contenía el blog y vuelves a centrarte en la página de resultados de Google. El quinto enlace parece prometedor. Otra vez clic con el botón derecho del ratón; una vez más el ritual del Abrir en una nueva pestaña.

Ojeas por encima la nueva página, mientras haces scroll hacia abajo a toda velocidad. Tampoco aquí encuentras lo que quieres, pero un llamativo vídeo de YouTube.com te pide a gritos que lo veas. Le haces caso. Pulsas Play. Suma otros tres minutos.

Cuando el video acaba, cierras la pestaña que lo albergaba, y eso trae a primer plano uno de los dos enlaces que abriste mientras leías el blog. Ya ni te acordabas. Lo lees. ¡Uhm!, interesante. ¿Por qué no leer también el otro? Lo haces.
 
Veinticinco minutos más tarde, por fin has encontrado lo que andabas buscando. El octavo enlace de la página de resultados resultó ser el caballo ganador. Sin embargo, te sientes mal, frustrado, desenfocado, disperso. La sensación de que tu cabeza tiene tantos agujeros como un queso de Gruyere se apodera de ti. De repente, el pato Donald te parece un tipo con una capacidad de concentración admirable. Comparativamente, lo es.
 
Esto se tiene que acabar – te dices a ti mismo. Hoy no vuelvo a abrir el navegador.

Cuarenta y cinco minutos después, te hace falta otra bobada y vuelves a repetir todo el proceso de principio a fin.

¿Te resulta familiar?

Si la respuesta es sí, soy un doctor precoz; Ya tengo tu diagnóstico: sobrecarga informativa. Y tu cura: apaga el router.

Quizás te suene bucólico, pero mi mayor hallazgo en lo que va de año ha sido descubrir que, muchas más veces de las que creía, se puede ser más productivo con un bolígrafo y una libreta sentado en el banco de un parque, que delante de un ordenador.

El motivo de ello es que la información sólo puede fluir en dos sentidos que se excluyen mutuamente: hacia dentro de ti o hacia fuera. En otras palabras, mientras consumes información, no puedes producirla.

Todas las cosas buenas que ocurren en tu vida, al menos todas las que están bajo tu propio control y no dependen de la siempre esquiva suerte, son el resultado de la información que produces, la que fluye desde ti hacia el exterior: redactar un informe, crear un producto, escribir un artículo, son la clase de cosas que te hacen avanzar.

Lo que tiene de maravilloso el bolígrafo, la libreta y el parque es que constituyen un entorno que bloquea con mucha eficacia las distracciones habituales que te embisten ferozmente en un entorno de oficina convencional.

No hay teléfonos sonando, ni conexión a Internet, ni compañeros que interrumpan ni páginas web que contengan datos que crees necesitar.

En un entorno así, sólo hay dos cosas que puedas hacer: mirar a las musarañas o ponerte a producir información. No hay musarañas. Haces lo segundo.

Si padeces una sobrecarga informativa que quieres superar, tienes que someterte a una dieta de información y consumir sólo la estrictamente necesaria. No sé a ti, pero a mi me resulta mucho más sencillo hacer dieta cuando no hay un paquete de galletas Oreo con doble recubrimiento de chocolate esperándome en el armario de la cocina, que cuando sé que lo hay.

No estoy sugiriendo necesariamente que te vayas al parque a trabajar, pero sí que te zambullas en un entorno tan impermeable a las distracciones como seas capaz de encontrar. Tu cabeza y tu productividad te lo agradecerán.

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La hija díscola de Bayer

by admin on Septiembre 8, 2006

Del libro de su historia corporativa, Bayer ha arrancado algunas páginas, las ha hecho pedacitos muy pequeños y después les ha prendido fuego.

No son, desde luego, las que narran su descubrimiento de la aspirina, de la que mundialmente se consumen unas 2.500 unidades por segundo, y que está considerada como uno de los grandes inventos del siglo XX, junto al automóvil, la bombilla, la televisión y el teléfono. Esas páginas están escritas en letras doradas y perfectamente preservadas.

Las que faltan hablaban de la otra hermana, inicialmente brillante y prometedora, finalmente díscola y rebelde; la Paris Hilton de la farmacología.

Nacida tan sólo once días después que la aspirina, probablemente haya causado tantos dolores de cabeza como los que su hermana ha sido capaz de mitigar.

Bayer la comercializó durante trece largos años, de 1898 a 1910,  como remedio contra la tos para niños y sustitutivo no adictivo de la morfina, lo cual es llamativo teniendo en cuenta que resultó ser de dos a tres veces más adictiva que ésta.

¿Su nombre?

HeroinaHeroin, derivado del término heroisch, que en alemán significa heroico, pues así es como dijeron sentirse quienes probaron la sustancia durante los estudios previos a su comercialización: como héroes.

Heroína se ha convertido en la hija bastarda y desheredada de Bayer. De hecho, si haces una búsqueda en su web (http://www.bayer.com/) utilizando la palabra clave “heroin” obtendrás exactamente cero resultados. Está desaparecida sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido.

Y es que Heroin es la hija que Bayer hubiera querido que fuera de otro; de Pfizer, por ejemplo, puestos a escoger.

Hay una lección que aprender en esto: La próxima vez que cometas un enorme error del que te sientas profundamente arrepentido, intenta primero resolverlo a la Bayer, buscando una alfombra cercana debajo de la cual puedas ocultar tus montoncitos de despojos. Puede funcionar. Al fin y al cabo, a Bayer, le ha dado buenos resultados.

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