Procedente del archivo mensual:

Diciembre 2006

Mantener la concentración

by admin on Diciembre 21, 2006

“¿Por qué un taburete? Porque amansa a un león mejor que ninguna otra cosa – excepto quizás una escopeta cargada con dardos tranquilizantes. Cuando el entrenador sostiene el taburete con las patas apuntando hacia la cara del león, el animal  intenta concentrarse  en todas ellas al mismo tiempo, y eso le paraliza. La atención dividida siempre juega en tu contra” - The 21 Indispensable Qualities of a Leader

Hasta los más fieros y temidos se bloquean cuando suceden demasiadas cosas simultáneamente. Al principio, la multitarea parece una buena idea, pero luego se revela como un error gigantesco.

Escoger una sola cosa y completarla totalmente antes de iniciar otra no sólo conduce a hacerla mejor, sino también más rápidamente.

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Es oficial. Se acabó. Finalmente, Google se ha pronunciado sobre un tema en torno al que existía una gran controversia desde hace ya bastante tiempo: ¿Se pueden o no se pueden poner imágenes junto a los anuncios de Adsense para darles notoriedad? Unos decían que sí, otros que no, pero todos coincidían en que hacerlo aumentaba significativamente la tasa de clic sobre los anuncios y, por tanto, los ingresos.

Google  lo ha clarificado en su blog sobre Adsense: A partir de ahora, no se puede.

Es decir, anuncios como estos no cumplen desde ya las políticas de Adsense:
Prohibido


Esta prohibición va a hacer un profundo daño a muchos editores que, en algunos casos, verán caer drásticamente la tasa CTR de sus anuncios de Adsense… y, por supuesto, sus ingresos.

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Una anomalía o singularidad en un sistema ocurre cuando éste, bajo determinadas circunstancias, se comporta consistentemente de un modo que nadie había previsto inicialmente, ni siquiera (o más bien en especial) quienes lo diseñaron.

Todos los sistemas, en particular los enmarañados y complejos que involucran un número elevado de variables, son proclives a cobijar anomalías.

Ocurre porque casi ninguno de ellos está tan extraordinariamente bien ensamblado como para lograr una total ausencia de fricción entre las diferentes secciones que lo integran, por no hablar de lo difícil que resulta anticipar con acierto las diferentes formas en que el sistema será usado y abusado. 

Esta afirmación es tanto más cierta cuanto más numerosas y complejas sean las relaciones que se establecen entre las diferentes partes del mismo: un sistema sencillo, con pocas zonas solapadas e interconectadas, es un territorio inhóspito para una anomalía, en el que le resulta muy difícil sobrevivir; un sistema complejo es un caldo de cultivo mucho más favorable.

De manera similar, un sistema joven a menudo contiene un número mayor de singularidades por centímetro cuadrado que otro que ya ha alcanzado la madurez.

Esto sucede porque quienes ponen en marcha un sistema complejo lo hacen incentivados por la perspectiva de obtener de él un beneficio que, directa o indirectamente, es siempre económico.

Como las anomalías que habitan en el interior de un sistema tienen el desagradable hábito de socavar (a corto o a largo plazo) su rentabilidad, a menudo sucede que hay todo un ejército de bien entrenados técnicos tratando de ganarse un cumplido, una palmadita en la espalda, y hasta puede que un aumento de sueldo, iluminando las zonas oscuras.

Esto provoca que las singularidades sean, en general, entidades poco longevas, caracterizadas por una endémica muerte precoz. Piensa en un “aquí te pillo, aquí te mato”.

Con frecuencia, su longevidad tiene más que ver con su malignidad que con ninguna otra cosa. Es decir, el ciclo de vida de las anomalías en exceso abusivas con el sistema que las alberga es más corto que el de las benignas. Tiene perfecto sentido, pues dada su naturaleza voraz y dañina, eliminarlas con rapidez es una prioridad para todos.

De hecho, la erradicación del resto de singularidades menos corrosivas que habitan en el sistema es, a menudo, puesta en pausa hasta que se consigue liquidar a las de naturaleza más maligna, del mismo modo que, cuando el Titanic se hundía, la mayor parte de quienes trataban de hacer algo por evitarlo presumiblemente estaban achicando agua en las bodegas, y no reorganizando los asientos del salón de baile, desordenados después del último Vals. 

Únicamente las anomalías del tipo lobo con piel de cordero, mejor mimetizadas, que le restan eficacia al sistema que las cobija sólo marginalmente, o que han conseguido disfrazarse con tanta habilidad que parecen aportársela (cuando en realidad no lo hacen), consiguen sobrevivir a la aniquilación rápida y sistemática que barre del mapa a sus compañeras menos discretas.

Las más afortunadas pueden incluso llegar a resistir años antes de ser finalmente detectadas y aplastadas, aunque hay que admitir que son muy pocas las que logran una existencia tan prologada, y sólo en el contexto de sistemas muy complejos o descuidadamente mantenidos.

Es este tipo de anomalía, más longeva y difícil de detectar que las demás, la que merecidamente provoca una mayor fascinación.

No en vano, la recompensa para quienes son capaces de identificarlas tempranamente y explotarlas (mientras duran) en beneficio propio son muchas veces enormes.

Google, como sistema enormemente complejo que es, integrado por un sinnúmero de componentes y servicios diferentes que interactúan febrilmente entre sí, es probablemente el ecosistema actual que asiste a la eclosión, declive y extinción de un mayor número de  singularidades de este tipo.

¿Un ejemplo? Ahí va uno reciente que tengo particularmente fresco:
 
No hace tanto tiempo, dos de estas anomalías provocaron un revuelo on-line:

La primera pieza del puzzle fue la popularización de un método llamado Blog and Ping que permitía, a cualquiera que supiera de que iba la cosa, conseguir que Google indexara sus páginas en cuestión de días, en lugar de las semanas o meses que habían venido siendo habituales hasta la fecha.

Básicamente, la estrategia consistía en 1) Crear un blog en Blogger.com, 2) Añadir a él una anotación con un enlace hacia la página que queríamos ver indexada 3) Notificar (hacer ping) a los servicios encargados de rastrear e indexar contenido en blogs, tales como Technorati y 4) Añadir el feed RSS del blog a MyYahoo y MyMSN.

De este modo, se explotaba la anomalía “Google da prioridad e indexa antes las páginas que encuentra siguiendo un enlace hallado en un blog, a su vez enlazado por algún agregador de contenido, que al encontrado de una forma diferente a ésta”

De repente, se había descubierto una “puerta trasera” de entrada a Google, que permitía conseguir “meter” un gran número de páginas en el buscador, en un tiempo récord que antes ni siquiera se creía posible.

El caldo de la sopa estaba en ebullición. Ya sólo le faltaban los fideos, y éstos aparecieron en forma de una nueva singularidad:

“Google indexa cientos de páginas alojadas en un mismo dominio, aunque éstas hayan aparecido allí de la noche a la mañana”

La cena estaba lista.

Detectadas las anomalías, ya sólo faltaba que su explotación en beneficio propio e individual entrara en escena. Y, obviamente, en seguida lo hizo.
 
Al poco tiempo, utilizando programas y scripts que uno podía comprar en Internet a un precio asequible, era posible generar automática y rápidamente cientos o miles de páginas y conseguir que Google las indexara en un plazo muy breve, a pesar de lo poco natural que un desarrollo de este tipo resulta, pues, en una web con información de calidad, ocurre un crecimiento gradual, casi nunca discontinuo.

Se trataba de páginas que mostraban anuncios de Adsense en todos y cada uno de sus rincones, construidas en torno a palabras clave por las que los anunciantes de Adwords se rebanaban sin piedad el cuello los unos a los otros, y por las que estaban más que dispuestos a pagar cantidades remarcables de dinero, con tal de mostrar sus anuncios allí donde existiera una página que las contuviera.

¿El resultado? Unas cuantas personas que detectaron tempranamente la anomalía, entendieron sus implicaciones y actuaron con audacia y rapidez, ganaron durante meses (que en algunos casos se convirtieron en un año largo) cantidades de seis cifras, no únicamente compuestas por ceros, ya se entiende.
 
Para aliviar el dolor que una revelación de este estilo puede provocar, especialmente ahora que todo ha pasado, es justo señalar que casi todos los que consiguieron tal proeza residían, bien en Estados Unidos, bien en el Reino Unido, por ser los países en los que se abraza el uso de Internet con mayor fuerza, y en los que los empresarios apuestan sin titubeos por la publicidad on-line, aunque cierto es que nada impedía asaltar esos mercados desde donde quiera que hubiera un ordenador, una conexión a Internet y una persona que dominara medianamente bien la lengua inglesa.

En cualquier caso, lo llamativo de todo esto, y lo que me servirá para ilustrar de un modo elocuente la idea que quiero transmitir es que, mientras había gente que ganaba dinero explotando la anomalía que había identificado, otros invertían su esfuerzo en poner, en un clarificador blanco sobre negro, largas y detalladas listas rebosantes de argumentos bien construidos que enumeraban todo tipo de contundentes razones por las que la cosa no duraría mucho tiempo más.

¿Y sabes qué?

En cierto modo, estaban en lo cierto. Google acabó por cortar el grifo, añadiendo a su algoritmo de indexación una cláusula que devaluaba ese tipo de páginas creadas de forma automática con el único propósito de obtener ingresos por medio de Adsense, a las que se bautizó con el acertado acrónimo de MFA (Made for Adsense).

Era lo esperado, pues, como toda anomalía que se precie, ésta también devaluaba y hería al huésped que la cobijaba, en este caso Google, minando la calidad de sus resultados de búsqueda e infectándolo con lo que, colectivamente, debían ser millones de páginas basura que no aportaban información útil, sino únicamente anuncios que, digan lo que digan quienes se dedicaron a producirlas, sólo conseguían decepcionar profundamente a los usuarios del buscador.

En realidad, lo extraño en este caso no fue que Google tomara medidas, pues esto era algo que se daba por sentado y por lo que cualquiera con dos dedos de frente y una comprensión mínimamente primitiva de los objetivos a largo plazo de Google hubiera estado dispuesto a poner la mano en el fuego. 

Lo sorprendente en esta ocasión fue el prolongado tiempo que le llevó a Google reaccionar, acostumbrado como nos tiene a ofrecer respuestas rápidas y contundentes a los problemas que se interponen en su camino.

Pero incluso más interesante aún es comparar los resultados obtenidos por quienes reaccionaron ante el descubrimiento de la anomalía emprendiendo acciones para sacarle partido con los de quienes se opusieron a ella y con los de quienes simplemente la ignoraron:

Los primeros rentabilizaron la anomalía, sacaron rédito de ella, izaron velas y aprovecharon el viento mientras sopló a favor.

Los segundos perdieron el tiempo tratando de convencer a los demás de algo que, por lo demás, ya sabían: que lo que en ese momento estaba funcionando, dejaría de hacerlo en un futuro más cercano que distante. Además, emplearon ese razonamiento de forma autocomplaciente para revestir de legitimidad su cruzamiento de brazos y total falta de acción.

Por último, los terceros, entre los que me encuentro, simplemente observamos desde la barrera, mientras nos dedicábamos a otras cosas.

Analizándolo con frialdad, los vencedores fueron innegablemente quienes identificaron tempranamente la anomalía y se pusieron manos a la obra para sacar provecho de ella, sin importar las voces agoreras que anticipaban su cercana extinción. ¿Durará poco? Bueno ¿Y qué? Ahora funciona y eso es todo cuanto necesito saber. Se remangaron, actuaron y monetizaron su esfuerzo. En ocasiones, a lo grande. Es mucho más de lo que cualquiera de los dos restantes grupos podemos decir.

Este tipo de anomalías, por supuesto, ocurren también en el mundo físico:

Mercados inmobiliarios que se revalorizan anualmente a una tasa de dos dígitos, que todo el mundo sabe que no durará indefinidamente, pero que se prolongan durante el tiempo suficiente como para enriquecer a quienes la interpretaron tempranamente y actuaron en consonancia. 

Burbujas “punto com” que hicieron que todo lo que sonara a Internet estuviera irracionalmente inflado y sobrevalorado… hasta que dejó de estarlo.

Huelgas, desastres naturales e irrupción de nuevos consumidores que disparan el precio del cobre hasta valores absurdamente altos y que hacen que, de repente, robar el cable que alimenta de corriente a las farolas tenga sentido para algunos delincuentes, dejando ciudades parcialmente sumidas en la oscuridad.

Y muchas otras.

Ante ellas, siempre puedes reaccionar de tres maneras:

1. Actuando para conseguir que la anomalía trabaje en tu provecho.

2. Oponiéndote a ella e invirtiendo tiempo y esfuerzo en enunciar todos los brillantes argumentos que respalden la imposibilidad de que la cosa dure mucho más

3. Mirando hacia otro lado

Nota a mí mismo: Como ya has probado las opciones número 2 y 3, con el éxito previsible: ninguno, ¿qué tal si la próxima vez que identifiques algún hecho extraño que te llame la atención, pones empeño en descubrir sus implicaciones íntimas y actúas para sacar provecho de ello?

Y que dure lo que dure, oiga.

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